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EL PLACER DE LA LECTURA
Si has llegado hasta aquí a través de una búsqueda orientada, y eres conocedor de la obra de Stefan Zweig, entonces, seguramente todo lo que se expone aquí tendrá tu aprobación; en cambio, si ha sido la casualidad quien te ha guiado, eres un amante de la lectura y desconoces al autor, sigue leyendo un poquito más y no te arrepentirás, pues con toda probabilidad, estos breves momentos de tiempo que puedas dedicar, te permitirá descubrir un autor extraordinario, sin parangón alguno, cuya lectura marcará un antes y un después en tus aficiones literarias.
¿Cuántas veces hemos escuchado en tertulias radiofónicas o televisivas sobre literatura o cultura, hacer mención al placer de la lectura, a ese deleite que puede proporcionar la lectura de un buen libro?
Tal vez pueda parecernos un poco exagerado tal expresión, y acabar por interpretar que no es más que un modo superlativo de expresar los buenos momentos que podemos pasar con él; que en definitiva, sí, un libro nos puede conmover, hacer reír, llorar, meditar, e incluso dejarnos indiferentes, pero calificar esas sensaciones como placer, resulta un tanto pedante y exagerado. Pues no, y mil veces no. No hay exageración en modo alguno. Ese placer existe, y está al alcance de nuestros ojos, ese placer existe y se llama Stefan Zweig.

La lectura de las obras de Zweig produce un deleite, un éxtasis, que difícilmente puede encontrarse en otros autores. Nada de lo que dice es tópico, superfluo ni redundante (como podría ser el caso de Sándor Márai, escritor con el que existe cierta semejanza en cuanto a la trama sentimental de sus obras, el cual vuelve y vuelve sobre un mismo punto como si las descripciones anteriores fueran imperfectas y buscase, en reiterados intentos, enmendar esas carencias), todo lo que expresa es completo, y una vez dicho, no es necesario volver a incidir sobre ello, pues nada nuevo puede añadirse.
Desde la primeras páginas de sus obras, es como si surgiera una mano invisible, que nos coge del pecho, nos arrastra y nos introduce dentro del libro, de donde ya no podemos salir, y no queremos salir, donde no queremos ser molestados ni interrumpidos, pues, una comunión perfecta acaba por establecerse entre autor, obra y lector.
Resulta increíble el modo en que cualquier sentimiento humano es desmenuzado, diseccionado y analizado hasta el más mínimo detalle en todas sus vertientes, cómo llena páginas y páginas deliciosas donde nada falta y nada sobra, donde reina la más absoluta perfección y donde la precisión del detalle es exquisita. Ahí tenemos por ejemplo la obra ‘novela de ajedrez’, donde uno mismo puede hacer el ejercicio de intentar explicar los sentimientos que una persona, encerrada, prisionera en una habitación vacía, y de escasas dimensiones, puede llegar a tener. Seguro que no llenaría excesivas hojas, pues, qué es lo que uno podría contar que tuviera cierto interés, con un escenario que ofrece aparentemente tan pocos recursos. Zweig lo borda hasta tal punto que uno no puede menos que pensar que él mismo ha tenido que sufrir dicho confinamiento, pues sólo una persona que hubiera vivido esa situación, sería capaz de semejante narración.
En sus libros encontramos momentos en que, necesariamente, uno ha de detenerse un instante para regodearse y saborear lo que justo acaba de leer, para después volver a releerlo y empaparse de ello, pues es de tal magnitud el impacto, que hace imposible continuar la lectura hasta que la fibra que ha sido excitada no vuelva a su relajo original. Esta facultad narrativa no se aprende, no se puede aprender, se tiene o no se tiene, es un don, el cual puede observarse incluso en su correspondencia personal, algo que seguramente no tiene el mismo trabajo de creación y depuración como pueda tenerlo la escritura de un libro.
Todos los libros de Zweig son buenos, muchos excelentes, y la mayoría excelsos. Muchos rezuman una pesadumbre, tristeza y amargura, que no son más que un reflejo de los tiempos trágicos que le tocó vivir (Europa en guerra). Un único protagonista hay en todas sus obras, que no es más que el ser humano en todas sus vertientes.
Esta Web rinde un justo y merecido homenaje al escritor que eleva la literatura a los altares – pues necesariamente, algo de sagrado ha de tener aquello que conmueve y estremece – al hombre que convierte la literatura en arte en estado puro; al escritor que hace posible que podamos hablar, sí, del placer de la lectura; a la persona que nos ha regalado semejante plétora de obras excelentes, porque si la excelencia literaria tiene un nombre, ese es, sin lugar a dudas, el de Stefan Zweig.

