Fragmentos de AMOK
Fragmentos, Libros
Al fin llegó la noche. Pero !qué triste era aquí! Sólo un oscurecer, un desaparecer de todas las cosas, un entenebrecimiento de la luz. Aquí era un final lo que en París no era sino el principio de todas las diversiones. Aquí el aterdecer derramaba noche: allí encendía las velas bordeadas de oro en los salones reales, hacía centellear el aire en los ojos, inflamaba, calentaba, embriagaba, estimulaba los corazones.
Aquí los hacía todavía miedosos. Anduvo errante de habitación en habitación: en todas acechaba el silencio acurrucado como un animal maligno, cebado durante muchos años puesto que nadie había venido a turbarlo, y ella temía que le saltara encima. La madera de los suelos crujía, los libros suspiraban en sus encuadernaciones en cuanto alguien los tocaba; en la espineta, algo gimió horriblemente como un niño apaleado cuando ella tocó las teclas, arrancándoles un sonido lastimero. Todo se defendía de la intrusa, se hacía fuerte en la oscuridad.(Pág.16)
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El anochecer penetró lentamente en la habitación, y ella no se percató. Porque el anochecer no es ruidoso. No mira atrevido por la ventana como el mediodía, brota de las paredes como agua oscura, levanta el techo hacia la nada, lo arrastra todo despacio en su silencioso torrente. (Pág. 32)
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Notó que sus dedos empezaban a temblar y dejó enseguida el cigarro para que la agitación de su mano no se dibujara en el aire. (Pág. 207)


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